Hace un rato escribí mi experiencia primera respecto al ingreso de Dominga a la Sala Cuna y mi retorno al trabajo, después de seis meses de intenso amor diario entre ambas; del cómo volcar la necesidad imperiosa del contacto minuto a minuto en tiempos de ternura más estructurados en horario, pero no por eso menos profundos.
De eso ya han pasado dos meses y las cosas han cambiado un tanto. Si bien mi hija aún es “pechugodependiente” su necesidad de mí ha variado. Ya no soy su único afluente de alimento, ahora come compotas, almuerzos, cenas y postres que devora con pasión de manos de sus tías queridas. Pero aquello no impide que a las 14:00 horas espere más o menos pacientemente que llegue mamá a darle su leche, no como sus compañeros en biberón, sino en “envase natural”.
Ese momento, que no es más de media hora, es nuestro respiro diario. Me permite desenvolverme laboralmente durante las mañanas en tranquilidad emocional y a ella lo mismo. Está la certeza de que nos veremos a media jornada. Cuando me asomo por su sala, ella está jugando o riendo, pero al tener contacto visual comienza un sollozo regalón que yo interpreto como “aquí me dejaste…que bueno que vienes”, y cuando la tomo, la abrazo, la beso, ella ríe nuevamente, mira a las tías, que siempre la observan, y les regala todas sus gracias, como demostrándoles que también las quiere…
Caminamos lentamente, como haciendo durar más el tiempo, a la salita de amamantamiento y allí comienza nuestro momento de placer: mi mente se hace permeable sólo para ella, mi trabajo y mi rutina desaparecen; mientras mama, yo la acaricio, le canto, la miro, me embobo una y mil veces con esta criatura que me robó el alma…luego tomamos un descanso, que nos permite reír y conversar (sus balbuceos a ratos parecen a mis oídos frases hiladas perfectamente) para luego volver a alimentarla. Finalmente más besos y lentamente volvemos a la sala. Cuando la dejo, no existe tristeza; su corazón y su pancita se encuentran colmados, su carita me lo dice…y mi espíritu está quieto. Me devuelvo al trabajo caminando tranquila, rememoro la ternura del momento y a veces me río sola…
Esa energía me inyecta para continuar y al final de mi jornada laboral, mientras espero en su sala cuna que esté lista, repaso las labores que debo llegar a hacer a casa, lógicamente entre esas preparar su bolso para el otro día, todo antes de que sean las 19:00 horas cuando vuelve a necesitarme…Mientras ella duerme una pequeña siesta, junto a Ramón, mi marido, tomamos once, repasamos el día y nos volvemos más pareja y menos padres, hasta que a las 21:00 horas Dominga ya está lista para tomar su ducha junto a papá, ponerse pijama y beber su única mamadera artificial, luego de la cual regaloneamos en nuestra cama hasta caer abatida por el diario quehacer…al igual que nosotros.
















5 Comentarios on "Tengo una hija pechugodependiente 2"
simplemente … maravilloso… las kiero
Simple, tierno, emotivo, nada se compara al amor de madre, tan incondicional y con una entrega que retroalimenta.
Extraordinario, siento una gran admiración por ti eres una madre ejemplar y maravillosa
Debo felicitarles, por permitir o dar espacio para este tipo de artículos, pues muchas que ya somos madres no tuvimos la posibilidad de compartir la crianza con la pareja y tuvimos que realizar todo solitas y así y todo la maternidad, por lo menos en mi caso es algo bello de contar y vivir. Felicidades me encantan sus artículos
me emocioné… me trajo recuerdos… felicitaciones por interpretar tan bien y en pocas palabras una experiencia que no se explica… un dato para futuro… esa carita de la que hablas, gracias a Dios no cambia…
Hola Hermana, que lindo lo que cuentas y como lo haces, se nota en la tranquilidad que tiene Dominga los inmensos cuidados y amores que le dan tu y Ramón, me gusta mucho la familia que han conformado. Hablale de su tia jejeje… porque en un año crecen mucho!
besoos te quiero!