Cuento: El Foca

Cuento: El Foca

Cuando tenía tres años mi padre me dijo: te traje algo, mira debajo de la cama.  De pelo plomizo oscuro y partidura al medio, patas cortas y hacia fuera y una gran gran barriga, yo no podía creerlo: una foca, mi papá me había regalado una foca! Bueno, era cierto que no era el más bello, pero sí el más extraordinario del mundo y no había ninguno si quiera en algo parecido al que sería este gran amigo perruno.  Como fui tan entusiasta con el nombre, pero era macho, quedó como El foca, cuarto integrante de la familia, después de mis papás y de mi.

Mi mamá decía que tenía ojos humanos y que la acompañaba en silencio en la cocina.  El nada más apoyaba la pera en el escalón de la entrada y la seguía en sus menesteres con la mirada.  Tres años después, llegó mi hermanita y el Foca se volvió su guardián.  Se ponía bajo su coche y si alguien poco conocido se acercaba, se ganaba estruendosos ladridos de un perro decidido.   Y llegó también mi hermanito, un año después y como los perros no sonríen si no que mueven la cola cuando están contentos, así mismo le dio la bienvenida.

Nos tenía paciencia, sobre todo esas veces que mi mamá trapeaba y él pasaba por el piso mojado sin entender mucho lo que mi mamá hacía.  En esas ocasiones nos íbamos todos juntos de reto y más de un resbalón.  Y estaban esas otras veces en que le poníamos capa y se volvía “Súper foca”, incluso esa ocasión en que se anduvo asfixiando.  Debimos suponer que la capa estaba muy apretada.

El PerroFoca

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La profesión del Foca era ladrar bien ladrado, cuidando nuestra casa.  Era tan claro su ladrido que un tiempo hasta podía yo traducir lo que él decía: “aquí vivo yo, ellos son mi familia, yo los cuido, así que mantén tu distancia.”  Como era gruñón con los extraños, tenía que estar siempre en casa.  Su límite era el portón.  Aunque eso parecía no molestarle tanto, porque estábamos nosotros y con él jugábamos, conversábamos y nos ganábamos sus mejores lengüetazos.

Un día fuimos con El Foca al campo.  Qué manera de saltar. Corría como nunca lo habíamos visto, chapoteaba en los charcos de agua en un campo que necesitaba de un buen perro guardián, el mejor de todos, así que pasó lo que tenía que pasar y ese enorme campo se volvió su nuevo hogar, entre entretenidas persecuciones de gatos, ratones y pájaros, por años, hasta ese día en que no alcanzó a despedirse y partió al cielo de los perros que es el mismo cielo de los humanos.

El cielo tenía un jardín aún más grande y oh! gran sorpresa, descubrió que había charcos de agua gigantes especialmente para su especie, los perros foca, justamente el lugar donde lo esperaban sus papás, hermanos y una novia de la infancia.  Por eso dentro de la pena, me puse contenta cuando mi papá partió, supe entonces que El Foca lo iría a buscar, que le mostraría el hermoso patio celestial, incluso donde guardaba sus huesos y que lo acompañaría como entonces, mientras mi papá, tan querendón de los animales, le hacía cariño y cosquillas a él y a toda su familia.

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