24 Horas de turno al bate

Diego y su amiguito juegan en el parque de nuestra urbanización, hacen una especie de circuito de carreras, Diego corre por las caminerías, pero el amiguito a pesar de ser más pequeño es más osado, pronto ambos están subiendo y bajando las escaleras de acceso al parque. A Diego le cuesta subir esos escalones, es muy evidente, no tiene barandas de apoyo y los escalones son muy altos, me levanto preocupada para observarle, la primera vez, la segunda, la tercera vez…

¡Diego ven!- le digo- al comprobar el esfuerzo de Diego en cada escalón y su equilibrio cada vez mas precario.

¡Déjalo chica!, así practica- me sugiere mi amiga a mi lado, madre del otro niño. Es que no es solo cuestión de práctica sino de reflejos y tono muscular, ya se nota cansado y se puede caer- le aclaro- pero solo cuando la otra mama llamó a su hijo, Diego se resigno a jugar en las cercanías.

Los chiquillos se acercan a la pequeña piscina para niños, quieren jugar con el agua pero mi amiga le advierte a su pequeño: “No te mojes, te enfermas” y el amiguito se detiene, Diego comprende que la advertencia le incluye tácitamente, se sienta en el borde ahora solo, apoya la cara en el piso y se queda unos minutos mirando hacia el agua.

¿Diego que haces?, ¿Qué miras?- pregunta su amiguito intrigado- ante el silencio de Diego que posee muy poco lenguaje verbal, el niño insiste preguntándole a su madre: ¿Que esta haciendo Diego?, al no obtener una respuesta satisfactoria, desiste y corre hacia el césped del parque, Diego se le une, les vi caminar por el terreno y seguí prestándole atención a mi amiga, cuando retorne la mirada hacia Diego…

El otro niño le empujaba por la espalda y le decía: ¡Niño loco! – ¡Niño loco! Diego daba 2 ó 3 pasos sobre el terreno irregular e inclinado y con mucha dificultad lograba mantener el equilibrio, pero apenas alcanzaba a estabilizarse, el niño ya estaba nuevamente detrás de el y le volvía a empujar: ¡Niño loco – Niño loco!, Diego apenas tuvo un segundo para levantar la carita hacia mi, su mirada era un grito de auxilio.

Todo fue muy rápido, apenas llegue a gritar: ¡No le empujes!, cuando Diego alcanzo a pegar su espalda a un banco del parque para estabilizarse y ya de frente al niño entrecerró sus ojos esperando el siguiente golpe, pero al escuchar a su madre llamarle el niño se detuvo, Diego aprovecho para acceder al pavimento del parque donde pudo desplazarse con mas agilidad y correr hacia mis brazos, donde le abrace muy fuerte.

Al fondo podía ver la escena que protagonizaban madre e hijo: ¡No se hace!, ¡Estas castigado! -fue la sentencia- y entre zarandeos le sentó en el banco, donde yo, abrazada a Diego, trataba de decidir si solo estallaba en llanto y me iba o le explicaba al niñito que Diego no es un niño loco, solo diferente. También pensé que debía encontrar las palabras para explicar a mi amiga que los castigos físicos no son la solución, pero no tuve la fuerza para arreglar al mundo y Diego se me adelanto y fue corriendo ha propinarle dos manotazos al niño, lo que echo por tierra mi incipiente argumentación. Yo hice un esfuerzo para que la voz me saliera firme y poder pronunciar la trillada frase de “Diego no se pega el es… tu amigo”. Apenas me escuche yo misma, porque mi cabeza era toda confusión, el resto de la charla no la recuerdo, pero no puedo olvidar como al momento de despedirnos mi hijo y su amiguito se dieron un gran abrazo y un beso, ninguno dio signos de guardar algún recelo por lo ocurrido minutos antes.

Que grande es el corazón de un niño, que difícil y agotador es esto de estar en un constante de turno al bate las 24 horas del día: Siempre preparado para reaccionar correctamente y en el tiempo justo, yo muy pocas veces puedo hacerlo, y ruego a Dios por poder estar a la altura de mi hijo de 3 años y crecer con cada experiencia. Al final los niños… ¡son niños! Y somos los adultos los que debemos guiarles con amor y generosidad, sin culpas y sin rencores, poniéndole siempre acento a lo positivo. Que cada instante cuente, que cada sonrisa valga.

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0 Comments

  1. Se de padres que no sacan a sus hijos discapacitados porque les causa mucho dolor algunas reacciones de la gente, prefieren evitarles esas situaciones, algunos no los llevan ni a las fiestas, ahora veo que no es facil para los padres, pero creo que solo se cambiara la sociedad si todos aportan.

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