El Miedo al Espejo

El Miedo al Espejo

 

De chicos niños y niñas se detienen y observan con atención,con mucha atención, todos y cada uno de los movimientos de sus padres y madres, de sus mayores también. 

De aquellas personas que pertenecen a un mundo que, desde sus (ingenuas) miradas, está lleno de posibilidades y oportunidades. Copian luego ciertos gestos, adoptan ciertas actitudes, usan la misma ropa, juegan con las mismas herramientas, imitan. ¿Por qué? Porque es una herramienta poderosa que traemos al nacer que nos hace muy simple el aprender a ser grandes, a ser humanos. Te quiero y quieres. Te acojo y acoges. Te golpeo y golpearás. Es una brutal y sencilla regla. No nos gusta que así sea. Nos molesta y nos llena de angustias y culpas.

Ellos nos ven a nosotros y nosotros los vemos a ellos. Y entonces, en ocasiones, esos pequeños que viven con nosotros se convierten en espejos nuestros, que nos reflejan aquellas partes nuestras que amamos y también aquellas que no tanto.

No somos ellos y ellos no son nosotros. Pero son ellos los que están con su herramienta de la imitación a flor de piel, a tiempo completo, absorbiendo y procesando el medio en el que viven.

Lamentablemente, nos resulta muy fácil el atribuirle a otros las responsabilidades respecto de lo que vemos en el espejo. Se trata de la televisión y los juegos, ellos son los violentos. Nada que decir de que haya violencia en mi casa, de que pueda aprenderla ahí. Se trata de los compañeros y la promiscuidad de la juventud de hoy. Nada que decir respecto al respeto que le hemos mostrado a su cuerpo y que le hemos enseñada a tener para con su cuerpo. No, no somos nosotros, no tiene nada que ver con un espejo. Es una ventana, mi hijo, para mirar a otros, para culpar a otros. Incluso al hijo mismo.

Afortunadamente crecen y entonces pueden detenerse ahora ellos y mirarnos a nosotros, con otros ojos, con otros espejos. Y ahora ellos se preguntan qué ven ahí, antes sólo imitaron. Las ganas de ser como mamá y papá son tan fuertes y necesarias que incluso sobrepasan los papás y mamás que hacen daño.

Llega un momento, entonces, en que pueden mirarnos a la cara directamente, sin necesidad de empinarse y desde una crítica feroz enjuiciar lo que somos y no somos.

¿Estamos preparados para enfrentarlos? ¿Para hacerles frente? Dejarlos solos porque ya son grandes no es más que una excusa, en ocasiones, para huir de ese espejo que se ha dado vuelta y nos enrostra aquello que ya no podemos tirar para el lado.

Detengámonos, con respeto y valentía, en lo que los jóvenes dicen y en lo que los niños imitan de nosotros. Y acogeremos con ellos una oportunidad de crecimiento para ambos.

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