Laura Gutman: Nunca es tarde
Un día cualquiera nos damos cuenta que en la actualidad probablemente no tomaríamos las mismas decisiones ni elegiríamos los mismos caminos que en el pasado. A las madres nos sucede con frecuencia, que ante la presencia del segundo hijo o del tercero, tenemos el deseo de cambiar las cosas. Quizás porque apareció un libro que nos permitió pensar desde otra óptica, o hemos entablado amistad con una persona que nos acerca otras maneras de observar la realidad, o estudiamos algo diferente sobre la conducta humana o simplemente alguna circunstancia fortuita cambia el curso de nuestras arraigadas creencias. En ese viraje personal, aquello que hemos hecho con nuestros hijos, ya no nos gusta. Hoy no haríamos lo mismo. Hemos cambiado. Quizás no hemos sido capaces de amamantarlos, o no los hemos tenido en brazos, o estuvimos demasiado preocupadas con otros asuntos, o hemos atravesado un divorcio controvertido cuando nuestro hijo era demasiado pequeño.
¿Qué podemos hacer?
Al mirar hacia atrás, constatamos que esas formas han quedado obsoletas. Ya no nos cabe en nuestro ser interior una modalidad antigua, basada en el prejuicio o el miedo. Tal vez hemos sido demasiado exigentes con nuestros hijos, creyendo que hacíamos lo correcto pero alejados de nuestros sentimientos amorosos. Quizás los hemos maltratado sutilmente y se han alejado de nosotros. O tal vez les hemos mentido y hoy son poco confiados. O hemos menospreciado sus sentimientos. En algunos casos es probable que les hayamos exigido obediencia y al final nos han devuelto rebeldía. Incluso hemos hecho oídos sordos a sus reclamos y ahora ellos no nos escuchan a nosotros.
Es posible que ya hayan pasado varios años, por lo tanto nos gustaría poder rebobinar la vida como una película para hacer las cosas de otro modo. Y claro, eso no es posible. Sin embargo, hay algo que sí es posible hacer hoy: darnos cuenta. Luego, hablar sobre ello con nuestros hijos. Incluso si tienen dos años. O cinco. O catorce. O veintiséis. O cuarenta. O sesenta años. Poco importa. Nunca es tarde. Siempre es el momento adecuado cuando humildemente generamos un acercamiento afectivo para hablar de algún descubrimiento personal, de un anhelo, de un deseo o de nuevas intenciones. Para un niño pequeño es alentador escuchar a su madre o a su padre pedirle disculpas comprometiéndose a ofrecer mayor cuidado y atención. Es un regalo del cielo que nuestra madre nos relate con detalles, los sufrimientos por los que hemos pasado en momentos en que ella no tenía las herramientas para protegernos. O no lo supo hacer, o no tuvo la lucidez para reconocerlo. Justamente, si los padres somos capaces de decirles: “yo sé que te he desprotegido, sé que no he acudido todas las veces que me llamabas porque creía que tenía que lograr que no fueras caprichoso o pensaba que la rigidez era el mejor sistema para educarte bien” y luego agregamos “pero ahora he cambiado, sé que quiero resarcirte, sé que todo lo que me has pedido era legítimo y quiero amarte y protegerte y estar atenta a tus demandas hasta que cierren las heridas que he contribuido a generar en tu alma”…entonces esas palabras, serán realmente un regalo del cielo para cualquier niño. Por un lado, porque obtiene palabras que nombran aquello que ha vivido tiempo atrás, y por otro lado trazan un puente entre la madre infantil que ese niño ha vivenciado en el pasado y una madre actual más madura que quiere renovar sus contratos de cuidado y atención.
Lo mismo sucede si nuestro hijo ya es adolescente. Para un joven desamparado y permanentemente enojado, es una extraordinaria oportunidad poder hablar con alguno de sus padres en una intimidad respetuosa nunca antes establecida. Si tenemos un hijo adolescente, también podemos nombrarle con palabras sencillas lo que ahora hemos comprendido sobre el desamparo en el que lo hemos arrojado. Claro que tenemos que acercarnos con infinita humildad y generosidad. No importa que nuestro hijo adolescente nos quiera. Lo único importante es que él o ella se sientan queridos por nosotros.
No hay experiencia mas hermosa que compartir con los hijos el “darse cuenta” y la intención, la firme intención, de devenir cada día mejores personas. Definitivamente, para un hijo no hay nada más extraordinario que encontrarse con la sencilla y blanda humanidad de los padres que buscan su destino, cada día.
Laura Gutman
Categoria: Infancia, Mamás, Somos Familia
Acerca del Autor
Revista Carrusel es un espacio de información útil, práctica y entretenida para padres y apoderados de niños en edad preescolar y educadoras de párvulos . A través de nuestra Revista, Blog y redes sociales tendrás acceso a reportajes, artículos y columnas y mucho más.Relacionados
También te Puede Interesar
- ¡4 de septiembre Día del Cine 3D!
- Consumo del tabaco durante el embarazo influye en el peso del bebé
- Los bebés entienden el lenguaje de los perros
- ¿El sobrepeso puede dañar al embrión?
- Open Baby: Todo para mama y bebe
- Encuesta:¿Crees que el hijo primogénito goza de mayores beneficios que el resto?
- ¡Niño de 5 años propone matrimonio a niña de 3!
- Niñas de 7 años ya entran a la pubertad gracias a las hormonas
- ¡Sorprendente! En Chile y en el mundo hay varios bebés inscritos en las redes sociales
- ¡Mamá a los 40 y tantos!









