Mantener la relación padre-hijo después del divorcio

Mantener la relación padre-hijo después del divorcio

 

“Quiero que vea al niño, pero con suerte viene cada tres meses y luego no se queda más de 20 minutos…” Este es un reclamo común de muchas madres que no conviven con el padre de sus hijos y que buscan sin éxito, a través de diversas estrategias, que se retome el contacto.

En este sentido, no deja de llamar la atención como algunos hombres son incapaces de separar la relación de pareja, de la paterna, desvinculándose de sus hijos al momento de la ruptura conyugal o de pareja, quedando las madres devastadas al observar el dolor que esto provoca en los niños.

Esta situación es aún más particular, cuando observamos que el progenitor ha conformado un nuevo grupo familiar y asume responsables tanto de crianza, como económicas con los hijos de la actual pareja, en contraste con aquellas que adopta respecto de sus hijos biológicos.

Si bien es cierto que las formas de vivir la parentalidad por parte de los varones se han modificado en las últimas décadas, desempeñando un rol cada vez más activo en la crianza de los hijos, cuya manifestación más evidente se da cuando detentan el cuidado personal de manera exclusiva; aún es una práctica extendida el dejar no sólo a la esposa al momento de la separación, sino también a los hijos.

Como bien sabemos, la personalidad se encuentra influida por una infinidad de factores como son las vivencias familiares a temprana edad, el contexto sociohistórico en el que se nace, la presencia o ausencia del padre o la madre a lo largo del crecimiento, el nexo establecido con éstos últimos, el orden entre los hermanos, por nombrar algunos; todo lo cual se articula con las características innatas con las que se llega a este mundo. Así, frente a la realidad de un hombre que es indiferente a su hijo, es posible hipotetizar que existen variables en su historia de vida y, en especial, acerca de la relación establecida con su propio progenitor, que estarían interfiriendo en su capacidad de vincularse con el niño.

No obstante, el entendimiento y comprensión de la conducta señalada, no otorga herramientas por sí misma para su enfrentamiento, en particular, para una madre que se ve sobrepasada por las demandas económicas y afectivas de su(s) hijo(s).

Cuando se trata de la ausencia de contribución a la mantención material de los niños, corresponde demandar por pensión alimenticia, y en caso que estén decretados, pero no se estén pagando, solicitar judicialmente el cumplimiento de éstos a través de apremios y/o de la vía ejecutiva, entre otras opciones.

Por otro lado, cuando la problemática se halla en el estado de abandono en que se ha dejado a los hijos, la respuesta no se encuentra en el ámbito legal, dado que un juez sólo puede pronunciarse acerca de las condiciones del régimen comunicacional o visitas, pero no imponer o exigir a un padre que lleve a cabo los contactos regulados previamente,  ni muchos menos obligar a definir contactos que no se tiene intención de realizar. Así, aquí regresamos al rol materno, en cuanto protectora y responsable del cuidado de sus hijos.

Existe una tendencia en las madres –y en las mujeres en general– a abarcar y a hacerlo todo, adoptando gradualmente más deberes, inclusive aquellos que se encuentran fuera de sus posibilidades. Entonces la frustración es doble al percibir que, pese a sus reiterados llamados telefónicos y alocuciones diversas, el padre de manera permanente no ve a los niños, no cumpliendo tampoco con las promesas de visitas, sumándosele así la desilusión de los chicos, quienes fácilmente pueden no moverse de su casa el domingo pues “mi papá vendrá”.

Al igual que en otras áreas de la vida, no existen recetas, sin embargo siempre es bueno partir por asumir las limitaciones personales. En otras palabras, darse cuenta que se es sólo la madre, y que, por más esfuerzos que se hagan, jamás se podrá reemplazar el rol del padre.

No es algo tan obvio como podría creerse. Las mujeres piensan, consciente o inconscientemente, que si realizan un cierto número de llamadas telefónicas o de contactos por facebook, o de comunicaciones por whats app, etc., el progenitor no sólo concretará la visita pactada, sino que además continuará motivado para mantener el contacto a futuro. Si se es afortunado, quizás aparezca un domingo o el día en cuestión; pero si la visita tuvo como único incentivo la presión externa, con seguridad ello no se mantendrá en el tiempo. La pregunta es ¿cuántas llamadas telefónicas se está dispuesta a realizar antes de tirar la toalla? ¿Por cuánto tiempo se quiere mantener esta dinámica de tira y afloja con las visitas? ¿Qué hago con mi hijo después que le he jurado de guata que su papá aparecerá pues él me lo indicó (después de la tercera llamada), y no cumple su palabra? La triste realidad es que el único que puede ejercer el rol de padre y asumir las responsabilidades aparejadas, son ellos mismos.

¿Qué opción entonces tenemos? Primeramente es importante diferenciar a aquel progenitor que por fuerza mayor (horarios laborales, distancia geográfica) tiene dificultades para ejecutar el régimen comunicacional fijado, de los que, pese a que se ha sido en extremo flexible con el tema de las visitas, sin restricción alguna, no se aproximan a sus hijos de manera voluntaria.

Si es que nos encontramos con este último caso, mi sugerencia es apegarse estrictamente a las visitas establecidas judicialmente en los días y horarios pactados, dado que el adaptarse al “estado de ánimo del padre”, genera una elevada alteración tanto en la rutina familiar, como grados de incertidumbre que los niños no pueden afrontar, con resultado de daño en su salud mental que puede expresarse a través de distintas sintomatologías.

La estrategia mencionada puede derivar en dos conductas opuestas: que el hombre recapacite y modifique su accionar en pro de mantener el vínculo con su hijo; o que se aleje de manera definitiva, dadas las “dificultades arbitrarias” que se le han impuesto.

Si en el largo plazo el resultado es la separación de los niños, es importante que las madres no se culpen y tengan criterio de realidad, dándose cuenta que la responsabilidad de desarrollar y fortalecer el vínculo con los hijos es exclusivamente personal, teniendo además en mente el trabajo de apoyo psicosocial que requerirá el niño por el abandono sufrido. En este sentido, las madres deben apoyar a sus hijos ante todo, de manera que esta temática interfiera lo menos posible en su crecimiento, pero siempre estando atentas a los llamados de ayuda más o menos expresivos que pudieran surgir posteriormente. Este es el rol que le corresponde y que puede ejercer: ser madre, protegiendo a sus hijos de las amenazas externas y proporcionando las condiciones propicias para su desarrollo armónico.

 

Marisol Rodríguez Contreras

Trabajadora Social

www.periciasocial.cl

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