Navidad lejos de casa

Navidad lejos de casa

 

Partir en Colombia, bajar todo Ecuador, seguir con Perú, y atravesar parte de la belleza de nuestra América parece algo emocionante, pero no si se hace recorriendo los lugares en un bus de módico precio durante una semana entera, con un calor insoportable, y más encima con un niño de dos años viajando entre las piernas. Fueron siete largos días. Siete eternos días que ahora prefieren olvidar; pero al fin y al cabo, siete días que hicieron que la vida la familia Molina cambiara para siempre.

Desde la tierra del aguardiente, el sabor, la rumba y un brillante sol todo el día, llegó directamente a nuestro país la familia Molina a “echarle pa’ elante” como ellos dicen, frase que importaron desde Colombia, para aplicarla durante todos los días en su estadía en nuestro país. Y es que para ellos el camino no ha sido fácil, porque la tierra de la rumba, aunque les dejaba innumerables alegrías, también los obligaba a vivir con lo mínimo, llenos de carencias y preocupaciones.

Óscar, el padre de la familia, despertaba a las 6 am para salir a las 7 am a su trabajo. 12 horas después llegaba a su casa con las manos raspadas, heridas, llenas de ampollas. Trabajar en construcción no es fácil para nadie, y ésta parece no ser la excepción. Pero lo que más le dolía a Óscar era no poder darle una situación económicamente digna a su señora Liliana y a sus dos hijos, pero sobre todo a Santiago, su niñito de dos años. ¿Qué sería de Santi en un futuro?, ¿debería ser un obrero de construcción igual que él y vivir sin saber si al otro día sería capaz de dar de comer a su familia? No. Santiago debía surgir, como fuera, y al precio que fuera, pero salir adelante. Así que decisión tomada, atención familia: nos vamos a Chile.

Lejos de tu tierra

Julio, 2009. Una brisa fría y unos goterones sobre las cabezas de la familia Molina los hicieron comprender dónde estaban. Por fin habían llegado a su destino final: ya estaban pisando tierra chilena. ¡Bien, lo logramos! Pero… “¡ay Diosito!, y ¿ahora qué hacemos?”, pensaba Liliana. Pero ya nada importaba, aunque estaban tirados en la calle, con la lluvia santiaguina mojándoles el pelo, había que seguir adelante, como siempre. Así que Liliana y Óscar agarraron sus cuatro pilchas, tomaron a Santi de la mano, y empezaron a buscar dónde quedarse y a qué dedicarse.

Primera parada: arrendar una piecita al lado del terminal de buses de Santiago; segunda: buscar trabajo. Los primeros días fueron muy difíciles, pero después de mucho preguntar, Óscar encontró uno en una obra de construcción. Pero el respiro pareció durar poco: a los cinco días el jefe de Óscar le pidió el carnet de identidad o papeles que acreditaran que estaba legal en Chile. No los tenía. Despedido. Al siguiente día, otra vez: a partir de cero.

Parecía que la mala suerte no se quería ir, pero qué más da, a seguir “echándole pa’ elante”, no había otra opción. Semanas después, parece que Diosito, por fin, escuchó las súplicas de Liliana y Óscar. Una tarde, conocieron a un peruano que les habló del Hogar de Cristo, en donde encontraron ayuda para obtener sus documentos, pero lo más importante: se contactaron con inmigrantes de otros países, en donde encontraron compañía y apoyo.

Así que a pesar de las continuas lloviznas en Santiago, el sol por fin parecía salir para la familia Molina. Con papeles en mano, ya no les costó tanto conseguir trabajo: Liliana consiguió uno como asesora del hogar, y Óscar consiguió otro con unos ecuatorianos que traían plátanos; ahora trabaja en el centro de abastecimiento Lo Valledor. “Con eso nos alcanza pa’ la comida pa’ la familia, y queda algo pa’ no sufrir tanto”, cuenta Óscar  con una sonrisa.

Ahora viven en un departamento cerca de Estación Central que arriendan con otra pareja de inmigrantes; la mamá se Óscar y el hijo mayor también se vinieron a vivir con ellos, y les alcanza para mandar a Santi al jardín. Parece que las cosas se han arreglado, y así lo reconocen: “estamos felices aquí, la gente nos trata muy bien y nos estamos estableciendo de a poco”, cuenta Óscar.

Navidad: una mezcla de sentimientos

Sin embargo, se acerca Navidad, y aunque agradecen tener todo lo que han logrado, es una época de nostalgia. Nostalgia porque recuerdan su pasado, su gente, sus raíces, su Colombia. Ya es el segundo año lejos de casa, dicen que el segundo es menos difícil que el primero, pero también significa un año más lejos de los suyos. Por eso esta Navidad, al igual que la anterior, se sentarán a la mesa, comerán algo y le regalaran a Santi, con todo el esfuerzo de los últimos meses, esa bicicleta que tanto quiere. Pero nada más. Lo principal es pasar una Navidad sencilla, tranquila, estando en familia, más unidos que nunca, y por supuesto, recordar a los familiares que están a varios kilómetros de ellos. “Ojala que el que tenga más dinero que nosotros pueda regalar lo que quiera a su hijo, pero que nunca, nunca, se olviden del sentido de la familia, que aprovechen que la tienen, porque uno no sabe qué puede pasar”, comenta Óscar.

Hoy lejos de su tierra, no tienen claro qué pasará con sus trabajos en unos meses más, no saben qué tan contundente sea la cena navideña, ni tampoco tienen la certeza de que podrán regalar a Santi su bicicleta. Pero no se desaniman, ya han recorrido mucho como para hacerlo. “Mientras sea por tu familia, por Santi, nuestro hijo pequeño, siempre habrá razón pa’ seguir ‘echando pa’ elante’, tal y como lo hemos hecho siempre”, sentencia Óscar, mientras Santi prende las luces del arbolito de pascua y toma la bandera de Colombia en una mano, y su avioncito en la otra. “Feliz Navidad”, dice en tono de vergüenza, para luego ir a acurrucarse en los brazos de su papá.

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