Papás separados de sus hijos

Papás separados

La difícil situación que en la actualidad enfrentan algunos padres imposibilitados de visitar a sus hijos, aparece como una temática de extrema importancia y relevancia. Esto no sólo por la contingencia de la misma, sino también porque dicha situación resulta representativa de una serie de transformaciones culturales –si así cabe llamarlas- que son el efecto patente de un discurso de época bien particular y específico, es decir, sin precedentes.

Si hace algunos años lo que teníamos, tanto en los tribunales de justicia como en las consultas y consultorios, eran mujeres violentadas por el hecho de tener que asumir en soledad las responsabilidades emocionales y económicas que implica la crianza de los hijos frente a la ausencia y la irresponsabilidad de ciertos hombres, hoy el panorama ha cambiado.

La emergencia con fuerza de los movimientos feministas, a partir de los años 60, generó el reconocimiento –no aún el ejercicio pleno- de la igualdad de derechos ante la ley para hombres y mujeres, y por ello, una ocupación masiva de espacios hasta ese entonces vetados a la mujer, más allá de las clásicas posiciones de madre y dueña de casa.

Ahora bien, desde mi perspectiva, el costo no ha sido menor. Pues malas lecturas generan malas interpretaciones y eso, a la vez, la creencia de que el ejercicio de esa igualdad de derechos debe ser a través de la denigración de lo masculino o la constatación de lo prescindible del género, lo que repercute directamente en figuras del padre más bien desfallecientes y agónicas.

Lo que tenemos hoy ya no son mujeres en búsqueda de aquellos que deben cumplir con sus obligaciones, al menos económicas, de padre, sino hombres –padres- en un lucha permanente por ejercer un derecho al darse cuenta de que éste implica aspectos emocionales y afectivos y no meramente económicos.

Es indudable que la práctica y la investigación clínica en psicología están íntimamente relacionadas e incluso se co-determinan mutuamente. En mi caso preferiría referirme a lo que he podido observar y recoger en mi práctica clínica.

Los efectos más evidentes resultan ser los problemas de autoestima, de autovaloración y de seguridad en el niño que ha sido separado del papá. Lo que puede traducirse en dificultades para resolver conflictos, para expresar sus ideas y pensamientos, para hacer valer sus derechos y en tener una mirada integrada de sí mismo y no parcializada, a partir de la mera identificación de aspectos negativos de su carácter y personalidad.

El niño, en la actualidad, no sólo tiene que enfrentar un pérdida o merma en el vínculo afectivo y emocional con la madre (por la ocupación laboral de ésta), sino también la idea, frente a la ausencia o la distancia del padre, de no tener el valor suficiente para él y, por ello, la sensación de no ser re-conocido por éste. Considerando todas las implicancias que para cualquier ser humano tiene el hecho de no ser reconocido por el o los otros. Si no se es reconocido se produce algo así como: “hay algo en mí que no gusta a los demás” y por ende una mala autoimagen que repercute negativamente en la seguridad y la autoestima.

Por otra parte, tenemos lo que se conoce como S.A.P. (Síndrome de alienación parental), en que influenciado por los mensajes de la madre el niño incorpora mental y discursivamente una imagen devaluada del padre, la que tarde o temprano termina repercutiendo en su propia autoimagen. También la presencia de niños parentalizados, que, para el caso en cuestión, hace referencia a que el niño ejerce el rol del progenitor ausente –el padre- y todas las consecuencias nefastas imaginables que eso puede tener en el desarrollo del niño.

La otra cara de la moneda es la del papá que no puede visitar a su hijo. El que un derecho no pueda ser ejercido adecuadamente y que, además la privación de ese derecho tenga el respaldo legal del Estado, resulta ser un hecho de suma violencia para cualquiera que lo experimente. Lo cual, implica la emergencia se frustración e impotencia que puede llegar a generar alteración de los estados anímicos –cuadros depresivos- o serios trastornos de ansiedad o angustia en los padres.

Siempre considerando que la perspectiva de derecho incumbe también al niño, pues es un derecho estipulado en la convención internacional que el niño tenga contacto con ambos progenitores, por lo que los trastornos o efectos antes señalados pueden también darse en los niños.

Me parece que lo fundamental en casos de separación hijo(s) – papá, es la participación y el involucramiento activo, por parte del padre, en las actividades, los intereses y el desarrollo de su hijo. Lo que se observa con regularidad y frecuencia son padres separados que, a la hora de compartir sus horarios de visita con el niño, se limitan a la entrega o compra de algunos “objetos de valor” que trae como consecuencia la instrumentalización de la relación o, por otra parte, la realización sólo de actividades de esparcimiento o “entretenidas” con el niño. La idea, entonces, es participar e involucrarse en las actividades, hechos o eventos que el niño está viviendo de acuerdo a cada etapa del desarrollo. Éstos son de sumo interés para él, como, por ejemplo, alguna convivencia escolar, acompañarlo a algún deporte o actividad extraprogramática, la realización de tareas u obligaciones escolares de forma conjunta para el apoyo y la orientación sobre las mismas o también el responder como apoderado con todo lo que ello implica no sólo a nivel institucional.

Un último punto es sobre el involucramiento de los pequeños en el conflicto de los padres. En este punto me parece que no se trata de buscar la mejor manera para no involucrarlos en las peleas, tanto de ex parejas como de parejas, sino más bien es algo que debe operar como principio o fundamento.

El niño deberá enfrentar y manejar angustias o ansiedades acordes a su etapa del desarrollo, pues siempre están presentes como una forma de vivenciar las frustraciones inherentes al vivir y el relacionarse. Por ende, un niño podrá y tendrá que resolver la angustia o la ansiedad, por ejemplo, que implica tener que elegir entre un helado u otro, ya que sabe que no podrá llevar los dos. Pero el aparato mental o psíquico de un niño no está en condiciones de enfrentar y resolver las angustias y ansiedades que implica decidir a qué papá quiere más o cuál de los dos tiene la razón respecto del conflicto o con quién prefiere dormir también frente a un problema de los padres.

A propósito de lo anterior, es altamente probable que la presencia de las figuras parentales en el niño siempre será insuficiente o no satisfactoria. En el pequeño se instalará una cuota de frustración necesaria y constitutiva para el aparato psíquico de todos. Es aquí donde se puede utilizar una frase orientadora, a esta altura más bien un cliché: debe primar siempre la calidad del tiempo destinado a la participación y el involucramiento en las actividades del niño más que la cantidad. Sobre todo considerando la época en que vivimos, donde padre y madre trabajan de forma igualitaria.

Prev Ganadores entradas a la Expobebé 2009
Next Transición del jardín al colegio

0 Comments

No Comments Yet!

You can be first to comment this post!

Leave a Comment