Para las mamás

Para las mamás

LA MADRE
Duerme, duerme, dueño mío,
sin zozobra, sin temor,
aunque no se duerma mi alma,
aunque no descanse yo.

Duerme, duerme y en la noche
seas tú menos rumor
que la hoja de la hierba,
que la seda del vellón.

Duerma en ti la carne mía,
mi zozobra, mi temblor.
En ti ciérrense mis ojos:
¡duerma en ti mi corazón!

Todos entendemos la importancia de una Madre en la existencia de nuestra humanidad. Es ni más ni menos el ser que atrae y contiene al nuevo habitante de esta amada Tierra. Presta su cuerpo, le da calor, le alimenta y protege… y ama, sobre todo eso, amar.

Parece tan cotidiano ver una mujer embarazada, que nos olvidamos del milagro que esconde este vientre abultado y la magia que bajo esa piel se manifiesta. Un nuevo ser y más que eso, la vida misma, el milagroso milagro de la vida.

Es quizás tan cotidiano, que hoy he querido hacer algunos recordatorios de esta tarea única y todas sus maravillosas implicancias:

La Madre contiene y arraiga al ser espiritual que viene en busca de una vida experiencial en pos de su evolución. Ella con su amor y calor, le muestra que la vida es bella, segura y bondadosa. Es por eso que la fuerza de este abrazo nos conecta con la sincronía vital, y nos hace querer ser participes de vivirla. Nos da la fuerza y la conciencia que aquí y ahora es donde debo estar, perfectamente enraizado y dispuesto a la trama experiencial.

Durante los primeros dos años de vida, el aura de sus energías, protege al hijo, sosteniendo todas sus experiencias y siendo un espejo que refleja cada una de sus vivencias. Es un lazo poderoso que hace que se retroalimenten emocionalmente, construyendo cada uno su vivencia personal; uno el ser Madre, el otro empezar una nueva vida. Vivencias personales, pero en esta etapa absolutamente hermanadas la una con la otra. Unidos, muy unidos.

Se retrae del mundo, por largos meses, para alimentar esta relación única, que más que todo asienta la base de la vida emocional del hijo. Es decir, le da las herramientas para ser en su adultez, un ser emocionalmente equilibrado y seguro. Se establecen entonces las preciadas estrategias que permiten acceder al bienestar y la felicidad, esa felicidad que no es enseñada, sino más bien potenciada en este abrazo, pues la diáfana energía de la felicidad es parte de mi, de lo que soy, de mi valija personal y de mi calidad como ser Universal.

Los cinco primeros años de vida, son casi únicos para esta relación, dando paso suavemente a las energías mas bien mentales del Padre, que irán complementando todo el aprendizaje emocional y de arraigo que ha perpetuado la Madre. Comienza entonces el niño, el camino hacia el nuevo septenio, aquel que le depara novedosos aprendizajes, esta vez mas orientados a la faceta intelectual y social de su vida.

Se concreta entonces el feliz enraizamiento de un ser de luz, viviendo una instancia física. El ser espiritual podrá de esta manera sentirse cómodo en este cuerpo un tanto limitado, vulnerable y sensible, para plasmar en tierra, todo los dones acarreados desde el ámbito divino, para ser luz en el mundo, para ser luz para la humanidad.

Los cinco aspectos mencionados, son una parte, y sólo una parte de esta relación tan decidora y tan marcadora. Una relación que merece ser recordada y enseñada.

– Ser Madre es dar a luz, es decir de manera literal; encender una llama de amor, que alumbre la existencia humana y la suya propia, trayendo el cielo a la Tierra.
– Ser madre es conectar, con mi propia niña interior y toda aquella sensibilidad olvidada, y desde ese espacio, agradecer ser Mamá y amar más aún a la Madre que he tenido.
– Ser Madre es sacar fuerzas de donde no hay, para estar ahí, siempre ahí. Brazos abiertos, corazón atento, manos extendidas, amorosas y solicitas. Dispuestas a la caricia oportuna.
– Ser Madre es parir una nueva mujer, una mujer llamada ahora también, ¡Mamá!

Somos parte de una historia compartida, donde avanzamos en nuestra individualidad, y al mismo tiempo juntos de la mano. En esta historia hay un papel protagónico que señala un instante glorioso de nuestro existir, y que es la etapa dentro de su vientre, allí, aferrado a nuestra Madre y más aún, en ese contacto que continua, transformándose en una huella constante en nuestro devenir.

La maternidad enseña tantas cosas; amor incondicional, mostrar el caminar caminando, respetar el libre albedrío desde mi ejemplo cotidiano, desde mi amar en acción. Contener, amamantar, nutrir y acunar. Tanto que dar y tanto que recibir, pero más que todo, más que nada, ser Mamá me muestra, mi ser desde el otro, mi grandeza arraigada a ese amor sin límites, y la verdad de la vida, la verdad que es justamente la vida misma, imparable y perfecta.

Con mucho cariño para las Mamás …

Alejandra Vallejo Buschmann.
Casa de Tara

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