¿Miremos un poco más allá?

Hay veces en la vida en que debemos dejar nuestro mundo y nuestras preocupaciones un poquito de lado. Hay veces en la vida en que incluso yo, como periodista, creo que hay que dejar de lado la imparcialidad, y tomar parte de algo con todas las garras de nuestra alma, si la situación así lo amerita. Y creo que esto es lo suficientemente importante como para hacerlo.

Hoy se cumple un año desde que fue el terremoto en Haití. Nosotros también enfrentamos un terremoto, sabemos lo duro que fue. Vimos en imágenes una y otra vez, los llantos, la desesperación en los ojos de nuestra gente a lo largo de todo nuestro país. Pero lo digo con todo el orgullo del mundo: de a poco, lento pero seguro, hemos logrado salir adelante, gracias a todos los esfuerzos hechos por tanta gente, y por supuesto, gracias a toda la fortaleza de todos esos chilenos que perdieron no tan sólo cosas materiales, sino que lo más importante, a sus seres queridos.

Pero a veces eso no basta. Y no hace falta ampliar la mirada mucho más allá para darnos cuenta de que en nuestro mismo continente, en nuestra misma América Latina hay un terremoto que parece durar los 365 días del año.

El año pasado la ONU declaró que el terremoto en Haití era una de las peores catástrofes que afectaba al mundo desde hace décadas. Y es que con un saldo de 220 mil muertos, en una de las regiones más pobres del planeta, la situación no dejaba de llamar la atención. Líderes políticos, voluntarios, y miles de personas ofrecieron su ayuda para tratar de controlar, aunque sea un poquito, toda esta catástrofe.

Pero hoy, después de un año, el panorama parece no haber cambiado mucho: 500 mil niños haitianos continúan viviendo en campamentos y lugares marginales, sin protección, a veces sin acceso directo a servicios básicos, y lo peor, sometidos a la amenaza permanente de maltratos y violaciones. Estamos hablando de niños recién nacidos, y de uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… años. Perfectamente podrían ser nuestros hijos. Y nosotros aquí, preocupados de no saber si regalarle el peluche o el juego de play station a nuestro niño. Aquí, preocupados de no saber a qué comida ir el fin de semana, preocupados de bajar esos rollitos para el verano, mientras esos quinientos mil niños viven con hambre, hacinados, en lugares en donde pueden ser violados y tratados con violencia en cualquier minuto. Ahora, mientras tú, amiga o amigo, lees estas letras, en la comodidad de tu casa o en tu trabajo, ahora, justo ahora, un niño no muy lejos, está muriendo de hambre. Ahora, justo ahora, un niño está siendo violado.


Suena crudo, pero es necesario recordarlo, porque creo que a veces la rutina destruye todas las ganas de actuar en favor de otro si es que no está dentro de nuestro mundo. Y no es que seamos malos, pero lamentablemente, nos agarra la máquina, y aunque eso no termina con nuestras buenas intenciones, sí mata todas nuestras ganas de hacer algo al respecto. Lamentablemente, no bastan las buenas intenciones.

Hoy, fecha de aniversario del terremoto en Haití, muchos pensamientos recorren mi cabeza. La verdad es que siento hasta un poco de vergüenza de volver a mi casa, devorarme el plato que me tendrán listo en mi casa y acostarme en mi cómoda cama. No es que diga que ahora todos tenemos que hacer ayuno o dormir en las calles para solidarizar con los niños haitianos, sé que siempre debemos agradecer lo que la vida nos da. Pero es justamente por todo lo que la vida nos ha dado por lo que creo que tenemos la obligación de devolver la mano a aquellos que no han tenido tanta suerte como nosotros. Quizás, si tuviéramos la posibilidad de transportarnos algunos kilómetros más allá y de tomar en nuestros brazos durante algunos segundos a algún niño, de sentir sus huesitos y su piel fría, áspera y polvorienta, de que nos mirara tan sólo unas milésimas de segundo con esos ojitos de miedo, angustia y fragilidad, quizás hoy no podríamos quedarnos tendidos comiendo en nuestras camas.

Pero a pesar de toda la tristeza y angustia que puedan estar experimentando esos niños en este minuto, sé que siempre guardan esperanza, esa esperanza de que alguien va a estar ahí, de que alguien los va a venir a ayudar. Los niños nos han demostrado una y otra vez que son lejos los más perceptivos, y por qué no decirlo, son más inteligentes que nosotros muchas veces. No destruyamos su esperanza. Es una de las pocas cosas que van quedando. Y eso, gracias a Dios, ni el peor terremoto del mundo lo puede destruir.

Hay muchas formas de ayudar, acá te proponemos una de ellas:

Para colaborar se puede depositar en la cuenta corriente Nº 40020100 del Banco BCI, con el rut de Fundación América Solidaria: 65.467.290-3 o enwww.chilexhaiti.cl. También se puede ayudar en Twitter con el hashtag #chilexhaiti, o en www.twitterosxhaiti.cl

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