¡Ticket de cambio por favor!

¡Ticket de cambio por favor!

 

Hola amigos, nuevamente muchas gracias por sus comentarios anteriores, créanme que leo cada uno con mucho cuidado y los llevo presente siempre.

Vamos a lo nuestro: no sé si les pasa, pero para mí la primera semana de enero siempre es algo especial. ¿Han tenido a veces mucha pega, muchas cosas que hacer y lo único que quieren  es parar un poco y descansar, pero cuando llegan a ese momento tan deseado se sienten raros, vacíos, hasta inútiles?, o ¿cuando han hecho mucho ejercicio, todo el día sin descanso, y por fin pueden parar, en vez de querer descansar, lo único que quieren es seguir?

Raro. Y bueno, es que los seres humanos somos raros, parece que eso no es novedad. Pero en fin, después de la locura de Navidad y Año Nuevo, siempre tengo esta sensación. Cansada, pero con ganas de seguir. ¿Por qué? me empecé a preguntar. ¿Cuál es el miedo a estar más tranquilos, sin tanto que hacer? Obvio (al menos para mí): el ponerte a pensar, a analizar tu vida. Y es eso justamente lo que me pasó ayer.

Pasó Navidad, Año Nuevo, domingo, lunes, y el martes ya me tuve que activar. Mi chiquitito, José Tomás, me empezó a alegar: quería ir a cambiar un trencito que le salió fallado, faltaba que tuviera música, y como el Viejito Pascuero es considerado, se acordó de dejarle un ticket de cambio por cualquier cosa; y bueno, aprovechando que el Viejito también se acordó de mí, también me dejo un ticket para cambiar una polera (mis papás dale con que soy talla S y estoy en la M, bien pasadita ya) Así que bueno, sin pensarlo más, tomé al Jose y partimos a uno de los lugares más desagradables para mí, pero al que por a, b o c motivo siempre termino yendo (ley de Murphy, nada que hacer).

Bueno, y tan rápido como llegamos, nos fuimos. El Jose con su nuevo trencito y yo con mi nueva polera. Así de fácil. “Chita, podríamos tener tickets de cambio para otras cosas también”, pensé, y fui un poco más allá: ¿qué cambiaría de mi vida?, empecé a fantasear, ¿mi lámpara a la que tengo que pegarle unas cuantas veces para que prenda?, ¿mi casa?, ¿algún miembro de mi familia?, ¿mis circunstancias?, ¿algunas decisiones? Mm sí, hartas cosas en verdad. De partida cambiaría a mi tía, esa que parece nunca haberme perdonado por tener un hijo a los 15. Me gustaría tener un papá más comprensivo, menos frío, más cercano, y una mamá que no le encuentre la razón en todo, que también a veces se ponga de mi parte, sin esperar la opinión de él siempre. Y por qué no decirlo, me hubiera gustado aplazar un poco mi maternidad, haber pensado dos veces antes de perder mi virginidad. Y cuando la perdí y me embaracé, me hubiera gustado que alguien me abrazara y me dijera que no todo estaba tan mal, que el mundo no iba a acabar, que todos nos podemos equivocar. Me hubiera gustado cuando nació el José Tomás no haber tenido ese sentimiento encontrado de alegría y angustia a la vez. Ese sentimiento odioso que hasta el día de hoy me hace sentir culpable. Culpable por no querer tenerlo, o no quererlo en ese momento. Cuando me lo pusieron en el pecho, me hubiera gustado poder mirarlo a los ojos y decirle: “Jose, aquí estoy yo, la mamá más fuerte y capacitada del mundo, dispuesta a defenderte de todo lo malo que te pueda pasar”, en vez de tener esa mirada temblorosa y tímida que a veces trataba de evitar esos  ojitos que me buscaban con un poco de desesperación.

Pero mi debilidad, mi miedo, mi poca experiencia, mi torpeza, me hicieron ser la mamá que soy hoy. Mi ambivalencia de sentimientos, esa alegría, pero a la vez esa angustia que tenía en el momento en que el Jose Tomás nació, me hacen quererlo hoy con todas mis garras y mis fuerzas. Si hubiera pensado dos veces antes de perder mi virginidad, no lo tendría ahora agarrándose de mi falda con su manito, y apuntando con la otra a un perro que acaba de ladrar. Y si mi papá en un primer momento no me hubiera retado de la forma que lo hizo, y con las palabras que lo hizo, quizás no hubiera comprendido la seriedad del asunto. Y si mi mamá no lo hubiera apoyado, y en cambio se hubiera puesto de mi lado, quizás hoy no sería tan fuerte como soy, quizás seguiría siendo esa niña tímida y débil que fui durante ese período.

A veces hay cosas que quisiéramos cambiar, ¿quién no se reconoce culpable de querer intercambiar al menos por un ratito a sus papás, a algún hermano, a sus hijos, a alguna tía? ¡Ticket de cambio por favor!, ¡que se vayan un ratito! Por un hermano menos problemático, por un papá más cercano, por una mamá más jugada.

Pero es lo que nos tocó, y a la larga, si no fuera por ellos, no seríamos nosotros, no tendríamos eso que nos hace tan especiales a cada uno. Cada experiencia de la vida, cada cosa que haces, cada cosa que dejas de hacer, nos va creando como personas. Cada persona que comparte nuestro mundo, unas más importantes que otras, nos hacen ser distintos, únicos, especiales.

Así que a sacarle la lengua a lo malo, porque es lo que nos hace cada vez más fuertes. A sacarle la lengua a los que a veces sentimos que nos molestan, porque son ellos quienes hacen que formemos una parte fundamental de nuestro ser. Hay cosas que no se pueden cambiar, pero estoy segura de que es mejor que no cambien.

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2 Comments

  1. Toda la razón Cata!!!
    Y como dice una conocida vaquita: ” SI NO TIENES LO QUE AMAS, AMA LO QUE TIENES “.
    Saludos y bendiciones para José Tomás y para tí, que tengan un año cargado de buenos momentos :)

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