¡Tú no me ayudas, tú eres parte!

¡Tú no me ayudas, tú eres parte!

Claudia y Roberto acaban de tener su primer hijo, un pequeño que nace radiante. Su madre preparó su cuerpo, su casa y sus espacios para recibirlo. Luego de nacer, de respirar el olor de su madre y mirarla a los ojos, es puesto en los brazos de su padre, sin que él alcance siquiera a decidirse si recibirlo o no en ese momento. El momento del parto nos parece tan femenino, ¿no? Una cosa es que entren ahora los padres a las salas de parto y/o acompañen a sus parejas al momento de parir, pero otra cosa es ser padre, nacer como padre. Como una cosa es que tu guagua sea puesta en tu pecho desnudo al momento de nacer y otra cosa que desarrollen una relación de apego seguro entre ambos.

Quizás haya algo de brutal sinceridad en el impacto que desconcierta a ese padre que recibe en sus brazos a su hijo. No lo ha parido, lo han puesto en sus brazos.

Ser padre es algo que también nace, que se gesta, que genera náuseas en ocasiones, contracciones en otras. Algo que no viene dado. Sino que es dado, por la mujer que pare a ese hijo. Algo que si esa mujer no se decide a dar, no ocurre. Algo que si esa mujer se decida a quitar, genera dolor.

Cuando Claudia y Roberto llegaron a su casa algunas preguntas fundamentales comenzaron a ocurrir. Enfermera ofreció él. Pero si no estoy enferma, respondió ella.

Ayuda ofreció él. Ella, decidida y convincente, respondió “Tú no me ayudas, tú eres parte. Tu mamá nos ayuda, mi mamá nos ayuda, pero tú no me ayudas. ¡Tú eres parte!” Lo es porque ella así lo dice, porque ella lo autoriza, porque ella tolera los llantos del pequeño mientras su padre aprende a hacerlo y a serlo. Si no, mudo yo, baño yo, doy pecho yo, acuno yo, consuelo yo, etc. y tú me ayudas.

Detenernos en la idea, tan solo en la idea para partir, de la tuición compartida implica entender que el padre lo es desde el primer momento y hasta el final, esté donde esté y con quién esté. Con ese niño que nace, nace también un padre y una madre.

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